Historias DiarioSur

Antes que Baquedano se asentara como pueblo

Por Óscar Aleuy / 10 de enero de 2026 | 20:38
La foto es de 1939, cuando han transcurrido diez años de la fundación, Baquedano se cambiaría por Coyhaique por esta época. (Foto redes sociales)
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Las escenas del pueblo de Baquedano parecen formar parte de un recuerdo que va y vuelve, sube y baja, se acerca o se aleja del tronco virginal. Leamos las razones.

Estoy encima de una fotografía que cuelga torcida en la pared del fondo del taller. La tengo a mi lado, y hay otras más. Todas laten y se mueven como queriendo escapar. El papel ha amarilleado y los bordes se ondulan como si todavía conservaran algo de la humedad de ese día. Cada vez que la miro, siento que el tiempo se afloja y persiste como si fuera un sueño profundo colmado de espacios preteritales.

En la imagen, el capitán Gómez aparece casi demasiado erguido para el suelo blando que pisa. Está leyendo un discurso largo, de varias hojas ya manoseadas, con un entusiasmo que no parece admitir dudas. Frente a él, Marchant escucha con una gravedad que no necesita gesto alguno. Detrás, apenas visibles, los primeros vecinos: hombres y mujeres que todavía no saben que están fundando nada, aunque ya lo estén haciendo.

Ese día, el capitán Gómez pronunció finalmente las palabras esperadas. Habló del alma de los colonos, del sacrificio y del dolor de las escarhas del invierno, de la necesidad de darle nombre a lo que empezaba a tomar forma recién no más. Pronunció Baquedano con voz clara, como si el nombre hubiera estado esperándolo desde siempre. Los aplausos fueron breves, casi tímidos. Ahí en ese escenario, al parecer la emoción no se derrama ni se encabrita. Parece que sólo se guardara.

El prosenio 

Un par de tablas mal clavadas, algo torcidas, sostenían una solemnidad que parecía demasiado grande para ellas. Nadie se movió. Si el capitán caía, también habría sido parte del acto.

Alrededor estaban los más decididos. Los que aceptaron levantar casas donde no había más que pampa, viento y rumores. Algunos incluso se atrevieron a instalarse cerca de un aserradero donde trabajaban los chilotes Antecao. En unos pocos meses se levantaría cerca de las confluencias, la casa de Juan Carrasco, que pasaría a llamarse casa bruja, más por respeto que por miedo. En esos tiempos, cualquier construcción aislada tenía algo de hechizo.

Me gusta pensar que ese fue el instante exacto en que la pampa comenzó a ser pueblo, aunque todavía no lo supieran muchas personas de las que estaban ahí o pasaban por ahí rumbo a las fronteras con la mirada clavada en el futuro.

Los protagonistas

Ciro Arredondo se encontraba gritando más de lo necesario, porque la lluvia comenzaba a golpear con fuerza las tejuelas. Amante de la naturaleza, organizador incansable, hombre de carácter firme y risa fácil. Según Kretshmer, Arredondo clasifica como el tipo pícnico, de estructura gruesa y redondeada. Pronto sería alcalde, agente de la Caja de Ahorros y consejero espontáneo de medio mundo. No mandaba imponiéndose, sino contagiando una idea simple: llegaba el futuro, y había que empujarlo, traerlo para acá.

Cerca de él, Konstantin Kalström firmó el acta sin medir la dimensión del gesto. Sueco, reservado, inquieto por dentro. Había visto puertos, mares y ciudades lejanas, y sin embargo ese papel, en medio de la pampa, le parecía uno más. Con el tiempo, muchos recordarían sus silencios y su amabilidad, esas largas conversaciones en las que hablaba de Europa como si fuera un pariente lejano.

Roberto Butrón, siempre al lado de Marchant, era de los que sostenían sin ruido. Ordenado, generoso, diligente. En los relatos posteriores su nombre aparece una y otra vez, como si hubiera estado en todas partes al mismo tiempo.

Asomaba también Chocana. Tránsito Cárdenas. Nadie sabía con certeza de dónde venía su apodo, incluso nadie dudaba de su fuerza. Hachero como pocos, capaz de tumbar un coigüe en minutos. La pampa que luego llevaría su nombre se extendía amplia y silenciosa, como si le perteneciera desde antes.

Los días siguientes se llenaron de viajes, encuentros y relatos contados a gritos para vencer al viento y al aburrimiento.

Liborio Oyarzún cruzó desde Chonchi y se internó entre cipreses y senderos apenas marcados. Contaba sobre el valle del Coyhaique como quien enumera milagros pequeños: dos casas, un pedazo de pampa, una botica escondida bajo quilantales invisibles. Hablaba de caballos prestados, de huellas antiguas que el río iba borrando, de noches pasadas al reparo de lo poco que había.

En su casa, la estufa Volcán apenas lograba vencer el frío, pero con eso bastaba. Su voz, fuerte y aguda, llenaba el espacio y nadie lo interrumpía. Escuchar también era una forma de trabajar.

Una tarde apareció un huaso desconocido. Vestía bien y caminaba con seguridad. Le entregaron un caballo de fama difícil. Algunos se apartaron para mirar. El huaso ensilló sin apuro, ajustó las riendas y montó. El animal se defendió, como era de esperarse. El huaso resistió. Al cabo de unos minutos, todo quedó en silencio. Desde ese día, su nombre empezó a circular con respeto por la inmensidad de la pampa.

El pueblo seguía armándose

Pedro de Baquedano, el profesor normalista quería que todo salga bien. Por eso corría. Corría detrás de niños, de matrículas, de tablas y de cajones. Golpeaba puertas, convencía padres, prometía escuela donde aún no había más que un galpón viejo. Logró reunir treinta alumnos y con ellos levantó paredes delgadas, pizarrones improvisados y mesas disparejas. Los apoderados ayudaron, venciendo al cansancio

Los niños también corrían junto a él, cargando lo que podían. Parecían entender, sin que nadie se los dijera, que estaban ayudando a crear algo que iba a durar para siempre.

Por las tardes, el sonido de martillos se mezclaba con el de las sierras. Había gallos, humo, conversaciones cruzadas. En las noches, alrededor de las fogatas, llegaban las historias, las risas, las canciones mal afinadas. El olor del asado se pegaba a la ropa. Las bordonas daban ese ritmo pegajoso y las guitarras eran rasgueadas con rabia, como si en vez de comenzar, el mundo se terminara.

Yo los observaba desde cierta distancia, a veces escondido entre los árboles. Me gustaba verlos sin que me vieran. Pensar que, de ese desorden paciente, iba a surgir una ciudad.

Con el tiempo llegarían los inviernos duros, las explosiones en la roca, los incendios, las pérdidas y los quebrantos. Llegarían también los influjos, los fletes, los caminos abiertos a pulso. Pero eso vendría después.

Por esos primeros días, todo era todavía muy frágil. Como el proscenio, como la escuela, como el nombre recién dicho.

Y, sin embargo, ya estaba todo allí. Para que ese grupo de colonizadores forme también un sitial de honor entre los que llegaron primero. 

Por eso, estas breves escenas de las fundaciones e inauguraciones ya parecen formar parte de un recuerdo que va y vuelve, que sube y baja, se acerca o se aleja del tronco virginal. Era como llorar a mares encima de las cosas que iban a ocurrir pero que estaban a punto de revelarse, descorriendo de una vez la cortina de la historia.

Las razones son éstas y no otras.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

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